jueves, 30 de abril de 2020

Artesanos de la Guerra



- Por los malditos clavos se han perdido todas las herraduras, una gran parte de los caballos y alguna gente  ¿Ha de creer Vd. que puede ser que no podamos ejecutar el movimiento por estos malditos clavos???
Un contrariado Simón Bolívar se quejaba así en 1824 por la mala calidad de un lote de clavos que habían arruinado las herraduras y cascos de sus caballos, retrasando el itinerario y poniendo en riesgo animales y tropa.
Y es que, como administrador y gerente de todo un ejército, aparte del aspecto estratégico y militar, de justicia, política y diplomacia que rodeaban a la guerra, debía manejar cada uno de los detalles logísticos.
Estribos, frenos, clavos y herraduras de caballos, astas y puntas de lanza, municiones, monturas y aperos, correajes, cartucheras, zapatos, alpargatas y suelas, frazadas, mantas, vestuario, gorras, cantimploras y otros, eran insumos de cuya dotación a tiempo y calidad dependía la comodidad, efectividad y movilidad de los soldados.
Muchos de esos útiles no podían ser improvisados en el camino, por indisponibilidad de materiales o porque su elaboración requería de oficio y maestría especializada. De allí que, mientras se daban las hostilidades, había un creativo y disperso ejército de artesanos que elaboraban artículos y equipos a mano en número de miles.
Muchos desde sus casas o talleres aprovecharon la oportunidad de un mercado para sus productos, otros fueron reclutados para acompañar a la tropa.
En muchas de sus comunicaciones se aprecian solicitudes que involucran a herreros, armeros, carpinteros, zapateros, talabarteros, costureras, sastres y hojalateros.
Algunas veces los encargos carecían de la calidad requerida, o estaban hechos con materiales inadecuados, por lo que llegó a reclamar fuertemente las fallas en el suministro.
Algo tan aparentemente insignificante como esos clavos para fijar las herraduras le dio no pocos dolores de cabeza al Libertador, quien en una oportunidad tuvo que especificar desde el tamaño, grosor y tipo de cabeza hasta el hierro con que debían ser elaborados.

Indiana Jones tras los pasos de Simón Bolívar


Por
Luis Heraclio Medina Canelón
La imagen de un gringo de sombrero de fieltro,  revólver al cinto y un chaquetón arrugado protagonizando exploraciones y aventuras en tierras exóticas recuerda a todo el mundo a Harrison Ford en su personaje ficticio de “INDIANA JONES”, pero pocos saben que Indiana Jones fue inspirado en un personaje de la vida real, el explorador norteamericano Hiram Bingham, el descubridor de las famosas ruinas perdidas de Machu Pichu y también catedrático de las universidades de  Yale, Princeton  y Harvard, profesor de historia de Latinoamérica fotógrafo, militar, aviador, héroe de guerra,  político, senador, escritor, y admirador de Bolívar y Páez,  entre otras cosas..  Pero todavía son menos los que sabe Bingham, el Indiana Jones de la vida real inició su extraordinaria carrera de exploraciones y descubrimientos nada menos que en la llanura de Carabobo, en nuestra Venezuela, para finalizar en la exploración de Machu Pichu que lo hizo famoso mundialmente.
EL INICIO DE LAS AVENTURAS DE HIRAM BINGHAM
En su carácter de historiador de la América del Latina, Bingham se sintió cautivado por las proezas militares de Simón Bolívar, cuyas campañas estuvo estudiando por ocho años en las universidades norteamericanas, pero sostenía que no se habían encontrado ni mapas de los lugares de las batallas ni recuentos fidedignos de estas acciones. Su interés lo llevó a organizar un primer viaje a Suramérica,  a Venezuela y Colombia en el año de 1.906 para poder conocer in situ los lugares donde se habían desarrollado las marchas y batallas de Bolívar.  Llega a escribir:
“He llegado a la conclusión de que si yo deseo comprender este período de la historia de Suramérica es necesario para mi tomar una expedición que debe tener por objeto un estudio, no solamente el país donde Bolívar peleó y vivió y visitar las escenas de las batallas de Carabobo y Boyacá, sino también hacer una exploración de la ruta de estas campañas”
  De esta primera expedición ha dejado un maravilloso testimonio escrito, denominado “Diario de una Expedición a través de Venezuela y Colombia 1.906- 1.907 – Una exploración de la ruta de Bolívar realizada en Marzo de 1.819 y los Campos de Batalla de Boyacá y Carabobo” (The Journal of an Expedition Across Venezuela and Colombia 1906-1907 AN  XPLORATION OF THE ROUTE OF BOLIVAR'S CELEBRATED MARCH OF 1819 AND OF THE BATTLE-FIELDS OF BOYACA AND CARABOBO)  en el cual en un lenguaje sumamente ameno nos lleva casi de la mano a recorrer la Venezuela de hace más de cien años, muy parecida a la que vio la guerra de independencia, completamente atrasada, sin casi vías de comunicación y con grandes extensiones de terreno casi vírgenes. Con un estilo a veces periodístico, a veces científico describe cuidadosamente lugares, personas, animales, costumbres y paisajes, haciendo apreciaciones de historia, geografía, etnología, naturalismo, etc.  Compara lo que ve con lo que ha conocido en otros lugares, critica lo que no le gusta y elogia lo que considera valioso.  También nos deja un importante registro fotográfico, con un enorme número de fotos en el libro, algo inusual para la época. Más de cien fotos ilustran la obra.

LA EXPEDICIÓN
Bingam llega a La Guaira en tiempos de Cipriano Castro, un 4 de diciembre de 1.906, algo enfermo con un dengue contraído en Puerto Rico, su escala luego de salir de NY. Empieza describiendo el bonito trayecto en tren desde el puerto hasta la capital.  Pasa un mes en Caracas, donde se incorpora a la expedición el Dr. Hamilton Rice,  otro explorador y aventurero perteneciente a la Royal Geografic Society.  Durante su estadía en la capital contacta a diplomáticos extranjeros y a políticos y científicos e historiadores venezolanos.  Ninguno de los extranjeros ha llegado más allá de Valencia, y le sugieren desistir de la aventura, ya que Venezuela adentro es un territorio primitivo, inundado en invierno y sin vías de comunicación. Las personalidades venezolanas le informan que debido al reciente invierno que ha sido muy fuerte debe haber todavía lugares inaccesibles  Inquiere a los historiadores criollos sobre sus exploraciones en los campos de batalla y queda estupefacto al recibir la respuesta:
 “No nos ha hecho falta conocer los terrenos de los eventos porque hemos leído todos los libros sobre el tema.”

En Caracas, lo primero que le impresiona es que debido a una disputa del gobierno con la compañía del cable, es imposible enviar o recibir mensajes de cable desde Venezuela al exterior, las noticias del mundo llegan con hasta una semana de atraso  provenientes de las Antillas holandesas.
Se entera de que ese año las el invierno ha sido muy fuerte en los llanos y es casi imposible viajar, a menos que sea por vía fluvial.  Sus planes originales de conocer Achaguas se frustran por las inundaciones y decide ir al Apure, luego de pasar por Valencia y Campo de Carabobo.
Cuenta cómo ve Caracas, dice que rara vez hay algún desorden, que hay muchos policías bien uniformados de azul y armados de carabinas, que le recuerdan a los gendarmes de Paris.  Ve soldados de caqui barato confinados en muchos cuarteles.  Se queja de la gran cantidad de vendedores de loterías y mendigos y enfermos en las calles caraqueñas, en las que nota una mezcla de estilos francés y español. Comenta sobre las pequeñas pulperías, sastrerías, barberías y boticas. Su gran número le hace recordar las ciudades de el Sur de Europa. Señala que el bolívar vale unos veinte centavos de $. Los carruajes  también se le parecen a los franceses y nos cuenta de las tarifas de los carros de alquiler.  Observa que todos andan despacio en las calles, a excepción de los chóferes de alquiler.  Es común que los caballeros anden de bastón.  Observa mucho vagos en la Plaza, dice que no hay casi indios, muchos mestizos, algunos rasgos franceses y alemanes, ve pocos rasgos completamente españoles y ningún anglosajón.

Todas las casas le parecen iguales (las viejas casas coloniales) , se queja de lo estrecho de calles y aceras y de lo atravesado de los postes de teléfono que no permiten caminar. Dice que el Sur de Caracas es atravesado por un “atractivo río”  y que hay un bonito nuevo suburbio con  modernas calles y puentes llamado “El Paraíso”  donde Castro y sus amigos han construido maravillosas mansiones.  Allí no recuerda haber visto más bellos colores: el azul intenso del cielo, el ligero azul de las distantes montañas con sus verdes sombras y jardines, los techos rojos y las calles negras hacen una hermosa combinación.
Hace un recorrido por los tradicionales lugares de interés de la capital: capitolio, universidad, las Academias, y se queja amargamente del pobre estado del museo de Ciencias Naturales: “Uno siente que el museo no es muy querido por las autoridades”, en cambio, queda maravillado por la Biblioteca Nacional.
En una reunión con diplomáticos extranjero sólo escucha  sobre la enfermedad de Castro, Algunos dicen que su vida está en peligro.
Visita el hospital Vargas y observa modernos métodos aunque  se sorprende de que los médicos no usen guantes de goma, encuentra un buen laboratorio de bacteriología muy bien dotado y atendido por un joven médico.
Asiste a los toros, al juego de lotería, que en su criterio atenta contra el trabajo, a un concierto decepcionante  y al Club Concordia y La India, los mejores de Caracas. Las mujeres de Caracas le parecen muy apagadas, dice que no salen de sus casas y que se limitan a hablar con sus vecinos desde sus ventanas.
Encuentra una excelente colección de historia natural en manos de los hermanos capuchinos, mucho mejor conservada y organizada que la del Museo.
Disfrutó de las celebraciones de navidad y año nuevo, dejando pormenorizada relación de nuestras costumbres y usos.

VALENCIA
Antes partir, sus amigos le hacen ver su temor por lo incierto de su viaje, le dicen que temen que no logre llegar y estar temerosos de su destino.  Ninguno de los extranjeros con quienes ha tratado jamás han llegado llano adentro.  Relata sobre su equipo; teodolitos, prismáticos, compases, sextante, cocina de campaña, linternas, sillas de montar, mecates, hamacas, tiendas de campaña, mantas, raciones de emergencia como café, chocolate, azúcar, sal, equipos quirúrgicos, un winchester y un máuser, dos escopetas, tres revólveres y abundante munición, unos pocos mapas y la ropa necesaria etc.
Sale el tren alemán de Caracas el 3 de enero a las 8am, se queja de que le obligan a pagar exageradamente un sobrepeso que no es tal.  Protesta por lo que considera un ultraje: 65 dólares de Caracas a Valencia.  Describe el viaje por cañaverales y un bello valle densamente cubierto por un follaje tropical alternado con diversas plantaciones y montañas de lado y lado.  Cuenta hasta noventa túneles, ninguno muy largo. Luego, el Lago de Valencia con un solitario vapor, una parada abrupta del tren por un sujeto dormido en el medio de los rieles y por fin llegan a Valencia.
Valencia se le parece a Caracas, la misma clase de carruajes, algo más viejos y descuidados, las calles menos limpias,  y las casas más pobres. Le gustan la Catedral y la Plaza. Conoce al padre Voghera, quien le ha acompañado en el tren, es el director de  Colegio Salesiano, donde estudian 90 muchachos y trece internos, el instituto cuenta con teatro e imprenta. Presenta su carta de recomendación al Presidente del Estado, pero este parece sentirse algo incómodo y lo remite al gobernador de distrito.

Para el 8 de enero compra las 5  mulas necesarias luego de galopar con ellas en el centro de la ciudad para verificar su condición. Dice que la gente es amable. Conoce a Don Carlos Stelling, cuyo abuelo materno luchó en Carabobo. En Caracas y Valencia aceptan billetes de banco, pero para llano adentro tiene que llevar plata u oro, le han advertido.  Las monedas de oro (onzas) son españolas del s. XVIII y mexicanas, peruanas y colombianas.   Las de plata son venezolanas.
En Valencia se hospeda en un hotel de un italiano que había viajado por Magadascar, Australia, China y California, que tiene habitaciones descuidadas, pero comida excelente.  No dice el nombre ni del italiano ni de su hotel.  Compran una carreta fuerte y contratan a un cochero,  Rafael Rivas, recomendado por Stelling, quien ha viajado hasta Barinas y está dispuesto a viajar hasta el Arauca. Mientras termina de apertrecharse explora la ciudad y se monta en el campanario de la Catedral, desde donde logra varias de las primeras fotografías desde una altura de la ciudad.

El 10 de enero están listos a las seis de la mañana para partir, pero el cochero no aparece hasta las once porque había ido a despedirse de toda su familia. A lo largo de todo el libro se queja de la impuntualidad de los venezolanos, que nunca salen temprano.  Luego de horas de camino, hacen parada en una agradable posada a las afueras de Tocuyito. Se instalan finalmente en su primer objetivo; lo que suponen es el sitio de la batalla de Carabobo, señalado por un hito colocado por el gobierno de Castro,  encuentran a un tuerto vagabundo, “el bohemio Bernardo” Recorren colinas y valles, Bernardo los lleva hasta la colina de Bellavista (Buenavista)  Bingham  tiene especial interés en encontrar la pica por donde la Legión Británica pudo alcanzar el valle para dar batalla a los realistas.

En Carabobo permanece varios días explorando y alternando con caballeros cazadores que vienen desde Valencia a cazar venados.  En sus exploraciones por el Campo inmortal conoce simpáticos ancianos, casi centenarios que tratan de engañarlo alegando que vivieron los tiempos de la batalla.
Allí conoce a Don Alfredo Pietri, quien lo lleva a los lugares por donde posiblemente incursionó la Legión Británica para llegar a enfrentar a las tropas españolas y en el recorrido encuentran antiguas armas de la guerra. 
Comenta con ironía que un historiador venezolano le ha comentado que considera una pérdida de tiempo el recorrer el campo de batalla y que él ha escrito mucho sobre la misma, pero que jamás ha ido a Carabobo.

LLANO ADENTRO
El 21 abandona el Campo de Carabobo, siguiendo la ruta del río Chirgua, llegan a Tinaquillo, Guamita, río Tamanaco, Macapo.  Describe el clima, las gentes, la topografía, las aves, peces, ríos y cascadas con una sencillez y claridad que parece que estuviéramos acompañándolo en la expedición.
Encuentra a Tinaco, la encrucijada a los llanos centrales y occidentales, bien dotado con un hotel, varias tiendas y posadas.  Se sorprende del número de iguanas y dice que es el animal más rápido que haya visto.

Se duele del estado de Sn Carlos, antes una floreciente ciudad, ahora arruinada por terremotos, guerras y plagas.  Dice que en toda América no hay ruinas tan pintorescas; se maravilla de los frescos y relieves que encuentra en las paredes de algunas lujosas casas arruinadas, así como sus pisos de mosaicos, que le recuerdan a Roma y Pompeya.
Observa las prácticas de los llaneros y se impresiona con las quemas provocadas y con los caminos de bachacos (hormigas).
A fines de mes abandonan Guanare por el río, que los maravilla con sus enormes manadas de garzas, y continúan la ruta hacia Barinas siguiendo el cableado del telégrafo. Describe nuevas especies de aves, peces, reptiles y monos
Luego, las ruinas de Tucupido, el camino a Barinas por Bocono era infranqueable para el carro, y que deben Ir por Sabaneta, cruzar el río Bocono diez millas más abajo, la selva alrededor del río y para llegar hasta Sabaneta donde pernoctan en la posada, el punto intermedio entre Guanare y Barinas.Una ruda ruta por la selva, muy difícil para la carreta,  Hace cuidadosas observaciones sobre los hormigueros y los caminos de hormigas, que junto con moscas, abejas y toda clase de insectos les hacían la vida imposible.  Luego Barrancas. Barinas.  Conoce la  historia del marqués que apoyó a los realistas y su famoso palacio “La Marqueseña 

Estima que la población de esos lugares, que han perdido su riqueza y grandeza debió ser diez veces más de lo que es ahora.  Nota patios para bolas criollas en casi cada pulpería.  
  Observa la elemental producción de la zona: cerdos, plátanos, café, papelón y cueros. El 4 de febrero con un guía contratado, sale de Barinas donde finalizaba la línea de telégrafo, rumbo a Guasdualito, sorteando dificultades por lo inhóspito de el paisaje lleno de  pantanos, ríos infranqueables y selvas impenetrables. Río Paguei. Pueblos de nombres casi olvidados como Totomal o San Silvestre, Suripa, La Calzada, Grateral, La Tigra. Se entusiasma al recorrer los lugares por donde Páez bregó las batallas de la independencia.  Habla de un lugar conocido como “El Templo de la Independencia” donde supuestamente Páez organizó a los bravos de Apure y vivió por 3 años.  Describe las jornadas de los llaneros cruzando los ríos infestados de caimanes con centenares de cabezas de ganado.
Siguen la ruta hacia el Arauca por caminos de ganado, no hay ningún tipo de carreteras, cazan iguanas y armadillos, lapas, venados, observan espejismos en la llanura infinita, critica la pereza del llanero: comen mal, tienen maíz pero no lo muelen para hacer arepas y prefieren darlo a los animales.  Muchas vacas lecheras, pero poco ordeño.   Llegan a Las Queseras del Medio, el Amparo, un Guasdualito completamente arruinado, en algunas partes la gente sale corriendo despavorida al verlos armados, pensando que se trata de una revolución o de bandoleros. El 10 de Febrero llegaron a la población de Arauca, en Colombia, para proseguir la ruta de el Libertador hasta Pantano de Vargas y Boyacá, pero sus expedición por los llanos de Colombia será otra historia.   Luego vendrán otras expediciones por Suramérica hasta finalizar con su sensacional redescubrimiento y divulgación  de las ruinas peruanas de Machupichu.
Es una verdadera lástima que en más de cien años ninguna autoridad o instituto venezolano haya traducido o publicado en nuestro país este importante estudio, que consideramos fundamental para la comprensión de la historia, geografía, sociología y hasta antropología venezolana del siglo XIX.




miércoles, 29 de abril de 2020

Avenida de Los Héroes

 

La Avenida de los Héroes del Complejo Monumental Campo de Carabobo data de 1936. Allí, en bustos de bronce realizados por los escultores Pedro Basalo, Lorenzo González y José Pigna, estan representados en dos hileras de 8, dieciséis próceres independentistas.

sábado, 25 de abril de 2020

Los mitos de la "Legión Británica"


Por
Luis Heraclio Medina Canelón
Es común observar que existe una tremenda confusión respecto a lo que comúnmente se llama “la Legión Británica” al estudiar la historia de la independencia. Una de las razones de estos equívocos es que la gente confunde “británico” con “inglés”: Inglaterra es uno de los países que componen la Gran Bretaña: los otros son Escocia, Gales e Irlanda del Norte. Las unidades llamadas “británicas” que vinieron a Venezuela, no estaban integrados exclusivamente por ingleses, mas bien, ingleses era lo que menos había en esos cuerpos; la mayor parte de sus miembros eran irlandeses, también había muchos escoceses, y alemanes como Juan Uslar, quien por cierto fundó familia en Valencia, al igual que otro legionario de apellido Hands, que tiene honorable descendencia en esta ciudad. Incluso una de esas unidades que llegó a Venezuela estaba compuesta solamente por  soldados alemanes. Otra se llamaba “Legión Irlandesa” precisamente por estar compuesta por elementos de esa nacionalidad.


Otro error que se repite frecuentemente es que estos cuerpos de militares extranjeros que vinieron a pelear bajo los mandos republicanos eran “unos voluntarios que vinieron a luchar por la libertad”. No señores¡ Nada de idealismos¡  Luego de derrotado Napoleón en Europa, en 1815, miles de militares de las potencias vencedoras quedaron cesantes o “a media paga”. Eran hombres que habían pasado años guerreando y que quizás su única manera de ganarse la vida era como soldados, o por lo menos si no era la única, si era la que más le gustaba.  Un hombre que ha pasado años viviendo en la guerra y de la guerra difícilmente se adapte a la vida civil; es allí cuando llega a Gran Bretaña Luis López Méndez a CONTRATAR mercenarios, que por una paga que les resultaba interesante, viajarían a América a hacer la guerra a un enemigo tradicional de las Gran Bretaña como lo era España. Y es allí como empiezan a venir los mercenarios a luchar al lado de Bolívar. También ocurrió que unos pocos, especialmente oficiales, vinieron por cuenta propia, en busca de aventuras o fortuna.
Esto no le quita de ninguna manera los enormes méritos a estos cuerpos expedicionarios llamados “británicos”, que fueron de enorme importancia tanto en la formación de los cuadros militares republicanos, en la atención médica (vinieron unos 150 médicos), en la instrucción de tácticas de artillería y caballería, en la dirección de las tropas y hasta en el combate en las más feroces batallas, pero las cosas hay que decirlas como son.
También es poco conocido, que como cualquier grupo de mercenarios, en alguna ocasión incurrieron en serios actos de indisciplina. Urdaneta, en sus “Memorias” relata el episodio de un buen grupo de estos soldados que se dedicaron a  borracheras:
“…pero las tropas inglesas encontraron mucho ron en toda la ciudad (Barcelona), se desbandaron y antes de una hora no se podía contar con un soldado que no estuviera borracho y los más de ellos tendidos por las calles y las casas, pareciendo aquella división un campo de batalla derrotado…No quedó mas recurso que los 150 alemanes y los criollos del capitán Cala, que no se entregaron al vicio y sirvieron para cubrir las avenidas de la ciudad.”
También, como mercenarios que eran, simpatizaban con el saqueo, a lo que se dedicaron en más de una oportunidad en Venezuela y Nueva Granada. Leamos nuevamente a Urdaneta:
“…pero (los ingleses) se volvieron del camino, diciendo que no emprendían nada antes de saquear la ciudad que era suya, y en ese proyecto los acompañaron varios oficiales…Urdaneta  reunió inmediatamente la compañía de Cala y un piquete de alemanes y se situó con ellos a la cabeza del puente.  Llegaron los 400 hombres (los ingleses) y descaradamente persistieron en la empresa.  Urdaneta se negó a permitirles el saqueo y les contestó que si estaban dispuestos a pasar, él estaba dispuesto a impedirles el paso. Detúvolos esta respuesta y como estaban fatigados y cargados de licor, se fueron sentando u durmiendo hasta el otro día.”
En otra ocasión el comandante de la Legión, el coronel Blosset retó a duelo a otro legionario de apellido Power. Este último ganó el duelo, Blosset  resultó muerto.  Como se ve no eran unos soldaditos de plomo intachables.

El otro error es llamar  indistintamente con el nombre de “Legión Británica”; a los distintos cuerpos de voluntarios de las islas británicas. Irlanda y Alemania (Hannover) que lucharon en nuestra América.  Fueron varios los cuerpos de voluntarios que vinieron a participar en la guerra de independencia y apenas uno de ellos se llamó “Legión Británica”, nombre que duró muy poco.  Los otros cuerpos de voluntarios europeos fueron: “Cazadores Británicos”, Primero de Húsares, Segundo de Húsares, Húsares Rojos, Primero Venezolano de Rifles, Primero de Lanceros, Artillería y Segundo de Rifles Lanceros de Maceroni, Húsares, Artillería, Primero de Lanceros, Rifles, Infantería Ligera de Salabrietta y el Regimiento de Hibernia, Lanceros, Primero de Fusileros, Primero de Rifles, Segundo de Rifles, Infantería Ligera de Cundinamarca, Primero de Infantería Ligera y Húsares de la Guardia.  En total más de cinco mil guerreros irlandeses, escoceses, ingleses, alemanes y hasta italianos vinieron a luchar en nuestra independencia.  De hecho, la unidad que combate heroicamente en la segunda batalla de Carabobo, no se llamaba “Legión Británica”, ya que para ese momento no existían ningún cuerpo con ese nombre, sino “Cazadores Británicos” . Luego de la batalla, Bolívar le cambió el nombre por “Batallón Carabobo”.
Estos hombres fueron más de cinco mil. Muchísimos de ellos murieron en estas tierras asolados por las enfermedades tropicales, el hambre y la guerra.  Muy pocos regresaron a Europa y algunos fundaron notables familias entre nosotros.
Fuentes:
Diccionario Polar de Historia de Venezuela
Urdaneta, Rafael, “Memorias” Imprenta y Litografía del Gobierno Nacional. Caracas 1888


viernes, 24 de abril de 2020

Los restos de Pedro Camejo: tradición y realidad



Me han propuesto llevar los restos de Pedro Camejo, Negro Primero, al Panteón Nacional y estoy de acuerdo.
Invito a todos los movimientos afrovenezolanos a que se unan a esta gran fiesta el próximo 24 de junio. 
¡Vamos a llevar a Pedro Camejo al Panteón Nacional entre tambores!

Así lo anunciaba el presidente el 27 de abril de 2015, desde el Campo de Carabobo, luego que alguien le dijera que el prócer independentista estaba enterrado en la iglesia de Tocuyito y era bueno llevarlo al Panteón Nacional. 

Era una sorprendente noticia que, entre la cautelosa opinión de los historiadores, convertía en foco de interés nacional a un pueblo donde la creencia era que los despojos mortales de Camejo descansaban eternamente en su iglesia, tanto que hasta una placa había sido colocada en el frontis del templo por la Cámara de Comercio del Municipio Libertador en 1995.


Apartando el inevitable discurso político del "héroe afrodescendiente ignorado", surgido de "las entrañas del pueblo" a quién por fin se dignificaba, etc. era una buena oportunidad para corroborar la veracidad de aquella tradición, y saldar una deuda de antigua data.

Paradójicamente, unos huesos ignotos traídos desde Ayacucho el 17 de diciembre de 1930 por el general Juan Vicente Gómez recibían día y noche la luz del fuego patrio junto a los honores de una marcial y solemne guardia bajo el Arco de Triunfo en Carabobo, mientras los de Camejo -y muchos otros que si cayeron allí por nuestra libertad- flotaban en el recuerdo de un pueblo que había guardado su difusa memoria, ignorada por muchos.



La confusión.
Todo habría comenzado el propio 24 de junio de 1821 en la noche, cuando el Ministro de Guerra coronel Pedro Briceño Méndez al llegar a Tocuyito escribió el parte preliminar de batalla de Carabobo, nombrando a solo cuatro oficiales entre los heridos y muertos, culminando con la frase: “de resto nuestra pérdida es nada”.

Esto, sin querer, preparaba el escenario para el desconocimiento durante mucho tiempo de un hombre que pasó de esclavo a soldado realista por un botín, y luego a republicano para defender un ideal.

Aquella tarde mientras una parte del Ejército Republicano continuaba tras lo que quedaba del batallón Valencey y en el campo eran saqueadas las carpas con víveres y bebidas abandonadas por los realistas, en puntos distantes al sector donde comienza la persecución yacían los caídos al inicio de la batalla, unos a la espera de ser atendidos y otros cuyo destino era ser enterrados o quemados. 

Entre estos estaba el teniente de caballería Pedro José Camejo.

A partir de ese momento se configura una serie de vacíos documentales que rodearon el destino de sus restos y obedecieron a la forma deficiente como se manejaron las acciones posteriores a la batalla.

El propio Simón Bolívar cuatro días después, a través de Briceño Méndez, le expresó a Santiago Mariño su “dolor y sorpresa” tras enterarse que aún no se habían enviado partidas a recoger a los dispersos, las armas y demás elementos de guerra abandonados en el campo y sus bosques inmediatos.

De allí se desprende que igual suerte corrieron los cadáveres insepultos, especialmente si habían caído distantes a comienzos de la batalla, y llevaban un tiempo de descomposición que los hacía imposibles de ser trasladados. 

Entre los pocos rastros dejados para su historia, está que el 14 de septiembre de 1821, el general José Antonio Páez encomienda al coronel Joseph de la Trinidad Travieso, sacerdote entregado a la causa republicana, quien combatió bajo sus órdenes durante la campaña de Apure, la tarea siguiente: “se encargará usted de todos los bienes conocidos de la propiedad del teniente Pedro Camejo, o por donación que le hiciere el estado o por su agencia personal y la otra (parte) la entregará a su esposa.”

Desde allí permanece oculto hasta 1846, cuando Juana Andrea Solórzano, su viuda en absoluta miseria, tuvo que respaldar ante el Estado venezolano una solicitud de Monte Pío con la firma de Páez y dos testigos que dieran fe que su difunto esposo, un hombre llamado Pedro Camejo efectivamente había existido, participado en la Guerra de Independencia y fallecido en Carabobo, ante la falta de un acta de defunción o cualquier registro que certificara su entierro. 

Pasaría veinte años más en el anonimato hasta que en 1867 su nombre comenzó a ser públicamente conocido, gracias a la mención que de él hiciera José Antonio Páez en su autobiografía. Páez lo convierte en leyenda, y aunque sobre su muerte solo menciona que fue en los primeros tiros de la batalla, revela datos de su orígen y personalidad, además del singular y único diálogo que sostuvo con Simón Bolívar antes de la confrontación. 


Archivo General de la Nación constancia de José Antonio Páez a Andrea Solorzano


Son parte de las razones por las que los investigadores militares y civiles luego de entrevistar a ancianos del pueblo y sacerdotes antiguos, de consultar a la Academia de la Historia del Estado Carabobo, de revisar libros parroquiales y todo tipo de bibliografía sobre el tema en la Biblioteca Nacional, Archivo General de la Nación y otras fuentes -tras siete semanas de búsqueda- no llegaron a encontrar  una sola señal precisa sobre el destino de aquellos restos.

Tradición oral. 

Había sido a mediados del siglo XX, cuando el rumor de que estaban en la iglesia de Tocuyito comenzó a difundirse. Algunos respetables ciudadanos del pueblo llegaron a esa conclusión debido a que el aledaño a la iglesia de Tocuyito era el cementerio más cercano al campo de batalla para 1821 -hoy desaparecido-  y por el tratado de regularización de la guerra, es allí donde debieron haber recibido cristiana sepultura los oficiales. 

Daban crédito al testimonio de una longeva dama tocuyitana, Srta. Rosario Romero, quien afirmaba haber visto cuando niña, desde su reclinatorio, una losa con la inscripción "Pedro Camejo". La hipótesis de que hubieran estado dentro de la iglesia obedecía a que, para para junio de 1821, la cerca del cementerio estaba dañada y se hacían inhumaciones dentro del templo.

Se acaba el plazo.
En vano había sido todo esfuerzo para confirmar la tradición y un último recurso pasaba por algunos pensamientos: remover el piso de la iglesia para comparar el ADN de los vestigios que allí se encontraran, en la esperanza que aun se conservara algo de material genético, a fin de compararlo con los de cualquier familiar de Camejo.

Pero buscar a sus descendientes, si los hubiere, era una empresa que no se llegó siquiera a considerar por lo que la conclusión razonable fue que el cadáver de Camejo había sido quemado o arrastrado durante aquel invierno por una crecida de la quebrada Carabobo, quedando sembrado en los bosques adyacentes al campo de batalla, en la hoy parroquia Independencia.

Así que, estando próxima la fecha del 24 de junio y ante la inexistencia de los vestigios, los militares decidieron enderezar de alguna manera el entuerto de la promesa presidencial utilizando la figura de "restos simbólicos".

Esto consistió en un pequeño monumento de madera (caja) contentiva de tierra de San Juan de Payara (sitio más probable, entre varios que se atribuyen su nacimiento) y del lugar aproximado del Campo de Carabobo en que cayó muerto, que sería llevada al Panteón Nacional junto a una machetilla que -según afirmaron- habría llegado a esgrimir el prócer llanero, con tanta pericia como su lanza.

El homenaje. 
Todo finalmente se había inscrito en el concepto de lo simbólico. No hay certeza de que la tierra sea exactamente de los lugares de nacimiento y caída, y la machetilla, para muchos tiene un estado de conservación que no se compagina con un arma usada en condiciones ambientales extremas.

En cuando a Tocuyito y su tradición oral, pese a algunas oposiciones, finalmente se le incluyó en el itinerario del traslado al Panteón Nacional, con una Misa Solemne el 21 de junio en la iglesia San Pablo Ermitaño, acompañada de una parada militar y ofrenda ante el busto de Simón Bolívar en la plaza que lleva su nombre.

Fue un reconocimiento al pueblo que creyó tener la última morada del prócer en su iglesia mientras, esparcidos en algún lugar de una quebrada cercana, desaparecían sus restos para siempre.

Caja con tierra de San Juan de Payara. Aún no habían colocado la del Campo de Carabobo

Carreta con restos simbólicos de Pedro Camejo en calles de Tocuyito
Pbro. Oscar Monzón, Párroco de San Pablo Ermitaño y 
Pbro. Luis Manuel Díaz, miembro de la Academia de la Historia 
del estado Carabobo, oficiando la Misa Solemne.







domingo, 19 de abril de 2020

Cortés de Madariaga... más que un dedo.






Hay un prócer independentista, general e injustamente fijado desde nuestra memoria escolar levantando un dedo tras Vicente Emparan. Pero la participación del doctor José Joaquín Cortés de Madariaga en lo que ocurrió el 19 de abril de 1810, fue más allá de eso.

Los historiadores afirman que el religioso chileno premeditadamente se presentó al Ayuntamiento aquel día y dio un discurso cuestionando la autoridad del Gobernador y Capitán General que, entre otras cosas, motivó su célebre pregunta a la audiencia y posterior abandono del cargo.

A raíz de ello España quitó a Cortés los beneficios y emolumentos como Canónigo de Merced de la catedral de Caracas y, como pasó con muchos protagonistas de nuestra independencia, para 1825 manifestaba estar “en la miseria, y sin con qué sostenerse en el último tercio de su vida”.

Por esta razón, Francisco de Paula Santander lo nombra Dean de la catedral de Santa Marta, y al éste negarse, solicita al Congreso de Colombia asignarle “una pensión decente para su subsistencia durante su vida, y pagadera del tesoro público, y que le corra desde el día en que dejó de ser canónigo por su firmeza republicana”.

El padre Cortés de Madariaga falleció un año después en Riohacha, Gran Colombia, el 26 de marzo de 1826.