domingo, 1 de marzo de 2026

Lanza en ristre

El 24 de junio de 1821, sobre la sabana de Carabobo el sol ya ha rebasado su punto cenital y está decidida la batalla a favor del Ejército Republicano. 


En tres cuartos de hora los batallones de infantería Bravos de Apure y Cazadores Británicos, tras ser emboscados, desde el fondo de una cuesta habían volteado una batalla que parecía casi perdida en un principio con la ayuda del batallón Tiradores y parte de la caballería de Páez.


Para sobrevivir y salvar el honor del Ejército Realista, el coronel Tomás García organiza con sus hombres y los de otros batallones desarticulados una columna compacta y casi impenetrable a la que se unen los generales Miguel de La Torre y Francisco Tomás Morales, 1er y 2do comandantes del Ejército Expedicionario de Costa Firme. Comenzaba así la célebre retirada en orden del batallón 1° de Valencey, repeliendo cada intento por romperla. 

Pero lo relampagueante de las acciones y la distancia no habían permitido a gran parte de la segunda y tercera división participar en la batalla así que, viendo al enemigo en retirada y tratando de tomar parte en la victoria, comenzó un improvisado acoso a los realistas por parte de oficiales republicanos que ejecutaron acciones temerarias y encontraron la muerte. 


En ese momento el camino hacia El Tocuyito, cruzado por las quebradas Las Manzanas, Barrera y el río que bordea al pueblo, comenzó a embarrialarse por el aguacero del día de San Juan, y eso fue aprovechado por los realistas para ir dejando pequeñas guerrillas que dificultaban aún más las resbaladizas subidas y bajadas por los barrancos de los cursos de agua.

    


Sorpresivamente, uno de los primeros en caer en el trayecto fue el general Manuel Cedeño, jefe de la Segunda División, al cargar al enemigo con un piquete de caballería cerca de la quebrada Las Manzanas, así como poco antes había sido baleado en la sabana el jefe de la Tercera División, coronel Ambrosio Plaza, tratando de rendir a la mitad del batallón Infante.

 
Entre los cincuenta hombres de caballería que continuaban la persecución iban dos veteranos lanceros: el teniente Julián Mellado, comandante del Escuadrón Dragones de La Guardia y el teniente coronel Juan José Rondón, comandante del 1er Regimiento de lanceros, quienes se conocían muy bien puesto que, además de ser compadres de sacramento, llevaban años combatiendo juntos y compartiendo laureles en las Queseras del Medio, Pantano de Vargas, Boyacá y otras batallas.


Antes de llegar a la quebrada Barrera, estando cercanos al Valencey, Mellado comenzó a disputar con Rondón el honor de encabezar una carga por la izquierda y tras un retador intercambio de frases se adelantó a todo galope.


Un poco más tarde, en el campo de batalla quedaría el teniente Rafael Mendoza agrupando a los muertos para quemarlos y el teniente Vicente Piedrahita reuniendo a los heridos. 


Los cadáveres de Cedeño y Plaza, por su jerarquía, fueron conducidos hasta la ciudad de Valencia donde se les rindió el honor de un velatorio en la casa del coronel de caballería y defensor de la causa realista Ramón de ibarrolaburu y Añorga -habilitada para atender heridos- hoy llamada Casa Celis. 


José Antonio Páez menciona en su Autobiografía (1867) a dos oficiales patriotas que fueron abatidos en el camino y que, según la tradición, fueron recogidos para darles sepultura en el camposanto más cercano, hoy desaparecido detrás de la iglesia de Tocuyito.


Uno de ellos fue José María Olivera (nacido en Soatá, Nueva Granada) de quien solo relata que cayó en Tocuyito –en un lugar indeterminado- mientras que el otro fue encontrado cerca de la quebrada Barrera. 


Allí, desde 1974, existe una modesta columna en honor a la valentía y arrojo del teniente guariqueño Julián Mellado quien, después de anticipársele a Rondón, embistió lanza en ristre a los realistas hasta quedar con su corcel acribillado por bayonetas y el cuerpo atravesado por siete balas y una baqueta.


martes, 24 de febrero de 2026

Cómo retratar al inquieto Bolívar?


 
 
Cuentan que Bolívar era sumamente inquieto. Pocas veces tenía tiempo para escribir de puño y letra; algo que generalmente hacían sus secretarios, hasta varios a la vez por su notable capacidad de desarrollar distintos temas que luego firmaba. 
 
Si se hubiera sentado a hacerlo, con tan vasta producción de cartas, manifiestos, decretos y proclamas, no hubiera tenido tiempo para emprender sus ocupaciones políticas y bélicas.
 
Ese hiperactivismo, descrito por muchos de quienes lo conocieron, unido a sus constantes viajes, obviamente le impidió permanecer por largo tiempo en reposo, y menos en una pose para ser retratado. 
 
El pintor colombiano José María Espinoza cuenta en sus memorias que cuando iba a hacerle una miniatura sobre marfil “se colocó frente a mí, con los brazos cruzados. Apenas comenzaba yo el diseño cuando me dijo ¿ya está? Le contesté que faltaba mucho; entonces estiró los brazos diciéndome: Puede usted venir cuantas veces quiera, a las 11 antes que se reúna el Consejo”.
 
Entonces ¿Cómo es que el pintor peruano José Gil de Castro y Morales lo hizo en óleo y tamaño natural con tal acierto que él mismo Bolívar reconoció su mayor exactitud y semejanza?
 
Es que “el mulato” Gil de Castro, autodidacta, no poseía las herramientas de los grandes maestros de la plástica, pero sabía captar los detalles importantes e imprimir carácter a sus obras, cosa que fue el dolor de cabeza de muchos otros retratistas de la época y preocupación del propio Libertador.
 
Pudo lograr un retrato del más grande hombre de América -quien no podía estarse tranquilo e inmóvil- porque dedicó todo el tiempo que estuvo frente a él a desarrollar su rostro, y en su ausencia utilizó otro modelo para el resto de su anatomía, además de disponer en sus talleres, como acostumbraban los artistas de la época, de lienzos con cuerpos ya esbozados.

Duelos en medio de la Guerra


Duelos en medio de la Guerra
Por
Luis Heraclio Medina Canelón
El duelo o “ juicio de Dios” es un combate entre dos hombres, previo a un desafío, para dejar saldada una cuestión de honor. Existe desde tiempos inmemoriales y parece tener su origen en la antigua cultura germánica, de donde habría pasado a Roma, de allí a España. Para la cultura moderna venezolana el duelo nos resulta algo ajeno o extraño, quizás muchos piensen que los duelos con cosas de  la antigua Europa, que jamás se vieron por estas tierras, pero no es así. Son varios los duelos registrados en nuestra historia, y quizás muchos quedaron ocultos por la discreción de sus participantes.
En los tiempos de la guerra de independencia (como en cualquier guerra) el valor personal del guerrero era un factor importantísimo para infundir en los subalternos respeto y estimular la propia valentía del soldado. Esto aunado al hecho de que el soldado en guerra convive diariamente con la muerte fue caldo propicio para que se produjeran varias contiendas de este tipo, que han sido reseñadas por la crónica.
El primero de los duelos de que tenemos conocimiento durante la guerra ocurrió el 20 de enero de 1814 cuando se produce un combate entre las fuerzas republicanas bajo el mando del coronel Antonio Alcóver y las guerrillas realistas bajo la conducción del capitán J. Ramos. Al rato de iniciado el combate el capitán Ramos solicita parlamentar y reta a medirse en duelo al sargento patriota Reyes González, contra quien quizás tendría alguna rencilla personal. Se produce el duelo y Ramos resulta muerto.  Seguidamente se reanuda la batalla en la que las tropas del difunto resultan derrotadas. 
Otro episodio de duelo, pero esta vez no se concretó, lo relata en su autobiografía José Antonio Páez. Asi narra “El Catire”:
“A vista del enemigo, hice alto para observarlo mejor. Como a seiscientas varas del ejército, estaba formada la descubierta enemiga compuesta de 30 hombres. El oficial que la mandaba y yo, principiamos desaforadamente a decirnos baladronadas, desafiándole yo a un combate singular, eso con tal ardor, que sin advertirlo me fui acercando más de lo que convenía a mi seguridad personal…”

Pero en ese caso el duelo no se produjo, sino que se desencadenó un enfrentamiento total.
Una de las que tuvo más repercusión, ocurrió el 6 de diciembre de 1820 por la circunstancia de la jerarquía de los duelistas. Fue duelo entre dos oficiales británicos del contingente de voluntarios que vino a incorporarse a las tropas republicanas: el coronel Blosset, comandante de los voluntarios británicos retó a duelo a otro legionario: el mayor  William Middleton Power. Parece que Blosset era amigo de los duelos, ya había participado anteriormente en varios. En el transcurso de una cena, Blosset le trata de servir a Power un vaso de licor, pero el otro se rehúsa ya que no quiere beber más.  Esto causa indignación a Power, ya que lo considera un desprecio y lo reta a duelo para lavar la afrenta. Pero esta vez su veteranía no le ayudó: en el campo del honor Power le pegó un tiro a Blosset, quien  resultó muerto.  Esta justa se llevó a cabo con todas las formalidades europeas, hubo hasta padrinos, uno de ellos fue el mayor John Ferriar, pero tal hecho causó gran disgusto en las autoridades venezolanas. Páez, el jefe inmediato, envió arrestados al sobreviviente del duelo a a los dos padrinos para que Bolívar tomara las medidas disciplinarias que considerara convenientes.  El Libertador, molesto con el acto de indisciplina disolvió a la Legión Británica y colocó a buena parte de sus oficiales en otras unidades y al resto lo ubicó en un nuevo batallón llamado ahora “Cazadores Británicos”. Fue benévolo con los participantes en el duelo, ya que en junio del año siguiente estaban con sus jerarquías luchando en Carabobo. 

Pese a ser un acto ilegal, todavía en el siglo XX se produjeron duelos, y entre los venezolanos fue famoso el célebre escritor Rufino Blanco Fombona por haber participado en varios, incluso dio muerte e varios contrincantes.
Fuentes:
Alcántara Borges, Armando.  “Carabobo – Sendero de Libertad” Ediciones del Gobierno de Carabobo. Colección Historia. Valencia 1992
Lambert, Eric. “Los Hermanos Ferriar – Fidelis ad Urnam” Diario El Carabobeño, 24 de junio de 1971
Páez, José Antonio. “Autobiografía”


martes, 15 de octubre de 2024

Las Convulsiones el Centauro


Preguntar por su lanza y su caballo, que formaban con él una unidad inseparable, era comúnmente la exclamación del general José Antonio Páez al recuperar el sentido luego de las convulsiones, provocadas unas veces por la excitación nerviosa al tener enemigos al frente y otras ante la visión, pensamiento o mención de una culebra.
El origen de ese mal crónico, que le provocaba algo similar a un ataque de epilepsia, parece reflejarse en lo escrito en su autobiografía, cuando su adolescencia cambió radicalmente luego de matar a un salteador de caminos e internarse hacia las riveras de río Apure.
Páez, en tercera persona, confiesa lo que sentía en su rudo inicio como peón en las faenas llaneras: “Zumba el viento en sus oídos cual si penetrase con toda su fuerza en las concavidades de una profunda caverna; apenas se atreve el cuitado (desventurado) a respirar; y si conserva abiertos los espantados ojos, es solamente para ver si puede hallar auxilio en alguna parte, o convencerse de que el peligro no es tan grande como pudiera representárselo la imaginación sin el testimonio del sentido de la vista”.
Describe cómo el tener que domar a pelo caballos salvajes, echarse a un río cuando no sabía nadar, velar por las noches que las madrinas de caballos no huyeran, en fin, ser obligado a todo lo más difícil y peligroso que hubiese que hacer en el hato La Calzada, fue una durísima prueba o castigo para quien "no había nacido destinado a sostenerla".
No es de extrañar entonces que haya sufrido en ese tiempo ataques de serpientes o algún otro animal, cosa común en el oficio pero que, por razones obvias, no escribió.
Aflorarían esos traumáticos recuerdos en momentos previos a un lance en que su vida corría peligro? Solo él llegó a saberlo.
La historia registra su padecimiento desde el combate de Chire (Casanare) el 31 de octubre 1815 cuando uno de sus ayudantes regresó de la retaguardia exhibiendo una culebra enrollada en el asta de su lanza, alardeando que era el primer enemigo aprisionado, hasta sus tiempos en Nueva York, donde lo acompañó su fobia hacia los ofidios.
El Yagual, Ortiz, y Trapiche de Gamarra fueron igualmente combates donde se vio al guerrero sufrir esos ataques, algunas veces antes de comenzar, otras en medio o al final, siendo tan conocidos estos episodios por sus hombres cercanos que, según la circunstancia, esperaban a que se repusiera o buscaban agua donde la hubiere para echársela en el rostro.
Su más proverbial convulsión fue en la Batalla de Carabobo. Después de someter con trescientos jinetes al batallón Barbastro y comenzar el acoso al resistente Valencey, le sobrevino un ataque, quedando inconsciente “en el ardor de la carga entre un tropel de enemigos”. 
 

 
Allí, su vida fue inusitadamente salvada por un jefe realista de la caballería de Francisco Tomas Morales, el teniente coronel Antonio Martínez (venezolano) junto al oficial subalterno republicano Alejandro Salazar “Guadalupe”, quien sostuvo a Páez montado en las ancas de su caballo mientras Martínez lo llevaba de las riendas apartándolo hasta el lugar donde se recuperó.
Un sitio de la sabana donde poco después Simón Bolívar llegó a felicitarlo y ofrecerle el empleo de General en Jefe del Ejército como artífice de aquella victoria.
Finalmente, el único Jefe de División que sobrevivió a la batalla fue José Antonio Páez.
 
Ulises Dalmau 

Fuentes: Autobiografía del general José Antonio Páez; Leyendas Históricas de Venezuela, Arístides Rojas; Antonio Martínez, el realista que salvó a Páez, Luis Heraclio Medina Canelon ; conversaciones con Antonio Jose Vitulano Mendez.
 

 

miércoles, 5 de mayo de 2021

Bolívar, Coll y Prat y la profanación al templo de San Francisco en Valencia

Es innegable el liderazgo y la credibilidad de los curas párrocos en cada pueblo, así como la importancia para el Libertador de mantener ese factor bajo control político durante la Guerra de Independencia de un país casi absolutamente católico.

Narciso Coll y Prat, Arzobispo de Caracas entre 1807 y 1822, fue un personaje sumamente influyente cuyas acciones, con una mano tendían a favorecer la defensa de la religión y del rey de España, y con otra a mantener una buena relación con el gobierno republicano.




Prat manifestaba en 1812 que la “Divina Providencia había restituido estas Provincias a su legítimo Soberano, su amado Rey el Señor D. Fernando Séptimo” restableciendo en ella su "benéfico Gobierno", confesando un año después que para ello “los curas desempeñaron eficazmente estos encargos, y que había corregido con oportunidad a alguno u otro que se hizo sospechoso.”

Sin embargo, no pocas comunicaciones cruzó Bolívar con el arzobispo en la necesidad de mantener a todos los párrocos, predicadores y confesores de la arquidiócesis al lado de la emancipación americana, hacer postulaciones para provisión de curatos y cargos eclesiásticos, quejarse o enaltecer la conducta de sacerdotes, etc. así como el arzobispo intercedía para evitar el paso por las armas de prisioneros realistas, solicitaba la impresión de edictos y pastorales, entre otras concesiones.

Uno de los más fuertes reclamos a Coll y Prat lo hace Bolívar el 9 de abril de 1814 cuando le expresa que, a pesar de haber acusado a su movimiento independentista de sedicioso y compuesto por hombres perversos, la Guerra a Muerte había conservado siempre “ilesa, intacta, y en su fuerza y vigor, la religión Santa de Jesucristo, sin osar ni levemente contra la casa de Dios, contra sus ministros, contra sus Vírgenes, ni contra cosa alguna que pareciese profanación.”



Esto lo hacía Bolívar como pie para su reclamo por el sacrilegio cometido en el templo de San Francisco en Valencia, durante la reciente ocupación por tropas realistas de la ciudad, cuando esa iglesia:

“… sirvió de caballeriza, y sus Altares de pesebres, se encontraron mujeres asesinadas y con indicios de haberse usado allí mismo de ellas. Las Imágenes de San José, San Francisco, Santa Rita, y Carmen, fueron despojadas de sus sortijas, y demás adornos de oro y plata; los Cálices, Patenas, Incensarios, Copón, y otros vasos, robados. Y últimamente extraída del sagrario la Custodia que depositaba la Hostia consagrada, la cual, según unos fue despedazada, y otra tirada en el Altar. Esta misma custodia, parte de los vasos, y otras prendas y ornamentos, se encontraron en las tabernas o guaraperías”.

No sin algo de sarcasmo, Bolívar le dice que estos últimos objetos de culto fueron recuperados por aquellos a quién el arzobispo había acusado de “irreligiosos”, quienes “tuvieron la virtud de presentarlas a V.S. Ilma. en cuyo poder se hallan.”

Lo descrito por Bolívar es solo parte de los desmanes cometidos entre los días 1 y 2 de abril en Valencia por las fuerzas comandadas por el brigadier  José Ceballos durante el primer asedio realista a la ciudad de Valencia.

Ulises Dalmau

lunes, 14 de diciembre de 2020

Sobre su propio tiempo



Está cansado de impartir órdenes al vacío y delegarle encomiendas a las paredes, pero todos allá adentro permanecen en vigilia, esperando lo inevitable. Parece que nadie escucha, nadie siente... nadie ve.
Sale de ese claustro que lo ahoga, que lo limita; atraviesa el salón de aquella estancia y se sienta afuera, al borde del piso, a escuchar el ir y venir de pasos lentos y cuidadosos, de rumores y llantos atrapados en el sopor del mediodía. Presiente que en otro plano están ahora reunidos para decidir su nuevo destino.
Mientras apoya su frente en el antebrazo y trata inútilmente de reflejarse en su mirada profunda y expresiva, esa que jamás pintor alguno logró descifrar; busca a sus pies la sombra inexistente de aquel cuerpo infatigablemente nervioso, que más allá de la puerta, lucha contra la inercia; y trata de gritar con esa voz, en otros tiempos aguda y dominante. Hace unas horas, a duras penas,ha dictado sus últimas frases olorosas a gloria; pero más fuerte que sus ganas, hay una rara sensación que percibe y no logra entender.
El sigue allí y una brisa fresca se cuela entre el vapor salitroso y sofocante, para deslizarle un escalofrío desde la espalda hasta la nuca.
Se sobresalta, regresa presuroso al aposento y confirma que aún se mueven las agujas, esas mismas que pronto marcarán el final de su tiempo.
Se observa, obnubilado e inmóvil, ya casi no respira; postrado entre unas sábanas que casi son mortaja. A su lado, la pequeña mesa de noche, donde está aquel pergamino a medio escribir que se negará hasta el final, hasta el último segundo, a continuar recibiendo trazos. Sabe que todo lo demás ha sido escrito.
Al salir del cuarto, intenta secar en su rostro unas lágrimas rezagadas y sudor que ya no existen y enfoca por unos segundos su mirada al horizonte.
Es extraño, pero hubiera jurado que le llamaban desde allá, a lo lejos. Allá donde una gaviota casi se detiene en el aire, flotando sobre cálidas corrientes; allá, donde el sol es inclemente y la bruma todo lo marchita; allá donde no hay mucho que ver, y es mejor mantener los ojos bien cerrados, escuchando al viento.
Le parece sentir de nuevo el seco y entrecortado roce de hierro sobre hierro de la vieja bisagra, un grito ahogado y pasos... ¿serán pasos? si, pero ya no los escucha, los siente. Allí vienen, avanzando entre los vapores de un extraño sueño, esta vez apresurados, más bien cortos; uno, dos, se van haciendo más cercanos, tres, otro más; lo atraviesan y ahora se alejan… se alejan.
Adentro se ha detenido el reloj y la pluma completa su trabajo sobre el pergamino; ha perdido la batalla más difícil de todas, sin estrategias, sin armas, sin ejército, pero aún le queda una opción y la tomará.
Por eso, antes que ver llegar los carruajes para su funeral, antes de saber que se encienden mil antorchas y doblan las campanas en su nombre, el General prefiere tomarse un instante infinito para cerrar los ojos y escuchar al viento.
Allá va Simón, echándose a volar sobre los platanales de Santa Marta, hasta fundirse con el sol y con la bruma; hasta aprender a planear en equilibrio, como aquella gaviota, sobre su propio tiempo.

jueves, 5 de noviembre de 2020

Vadeando el manglar




El cuartel superior del escudo de armas del estado Carabobo (decretado el 1° de mayo de 1905) es una representación alegórica a lo que muchos interpretan como "la toma del Castillo de San Felipe" en Puerto Cabello. 
La acción, que desarticuló en 1823 el último refugio del Ejército Expedicionario de Costa Firme en Venezuela y por tanto marcó el final de la Guerra de Independencia, realmente no fue emprendida cruzando el mar a caballo portando banderas, ni de día.

El general José Antonio Páez en su autobiografía cuenta que, estudiando cómo vencer las murallas de la plaza fuerte* con la menor pérdida posible, descubrió unas misteriosas huellas que aparecían cada madrugada en la playa, y tras una vigilia lograron dar con el hombre que, increíblemente, atravesaba por las noches la ensenada por la parte este, entre la costa y el fuerte.

Era un negro borburateño llamado Julián Ibarra, nacido esclavo en una hacienda de cacao. Su dueño, don Juan Jacinto Iztueta, 11 años atrás había sido uno de presos del castillo que encabezaron la sublevación para poner en manos realistas uno de los mas importantes arsenales  del país, infringiendo así un humillante revés (29 de junio al 6 de julio de 1812) a su gobernador, el para entonces coronel Simón Bolívar.

Esta vez, Iztueta prestaría su apoyo para que la plaza volviese a manos republicanas, por lo que Julián no tardó en ser persuadido de mostrar a tres oficiales patriotas que fijaron la ruta, dónde estaban esos puntos vadeables entre los manglares, solo conocidos por él.

Páez echó a andar la estrategia del asalto con una de sus acostumbradas maniobras de distracción: mandó a abrir zanjas para desviar el río y ordenó romper el fuego desde las 5 de la mañana para agotar al enemigo, enmascarando lo que pretendía hacer.

Serían las 10 de la noche del 7 de noviembre, cuando 500 hombres -entre ellos 100 lanceros- descalzos y desnudos, solo con fusiles y lanzas, emprendieron la riesgosa misión de atravesar el mar.

Aunque el trayecto había sido calculado en una hora, a los comandados por Manuel Cala y José Andrés Elorza les tomó cuatro por la cantidad de soldados. 

Su preocupación esa vez no eran los voraces caribes, pisar una raya, toparse con un temblador o un caimán como cuando la infantería atravesaba un río llanero. Era avanzar sigilosamente entre el oscuro y cenagoso laberinto del manglar para no ser descubiertos, sobre un fondo de lodo, rodeados por el movimiento de peces que agitaba el agua a la altura de sus pechos. 



A las 2:30 de la madrugada todos habían pisado tierra seca y cada partida de asalto estaba apostada en los lugares indicados. Una señal y lo demás fue rutina para aquellos guerreros imbatibles a quienes los valencianos habían repuesto a tiempo sus agotadas reservas de alimentos. 

Como expresa el centauro portugueseño: “Los habitantes de esta ciudad, entonces como siempre tan generosos con la patria y conmigo, me dieron no solo las provisiones necesarias, sino todo cuanto pudiera servir para regalo de las tropas durante las fatigas del sitio.”

El cronista Asdrúbal González en su libro Sitios y Toma de Puerto Cabello señala que, días después, don Juan Jacinto Iztueta fue designado alcalde del Ayuntamiento de Puerto Cabello.

En cuanto al destino de Julián Ibarra, es descrito en “El negro que le dio la espalda a la gloria” del cronista porteño Miguel Elías Dao.

Julián dejó de ser esclavo. Recibió el grado de capitán del ejército, un caballo con aperos, 500 pesos y una casa en la calle de Colombia del Puerto, pero fue condenado a muerte en 1826 por el asesinato del comerciante Federico Pantoja y cinco de sus acompañantes, cometido para robarles el pago de un cargamento de cacao.
 
*Corrección del historiador Jose Sabatino