martes, 24 de febrero de 2026

Cómo retratar al inquieto Bolívar?


 
 
Cuentan que Bolívar era sumamente inquieto. Pocas veces tenía tiempo para escribir de puño y letra; algo que generalmente hacían sus secretarios, hasta varios a la vez por su notable capacidad de desarrollar distintos temas que luego firmaba. 
 
Si se hubiera sentado a hacerlo, con tan vasta producción de cartas, manifiestos, decretos y proclamas, no hubiera tenido tiempo para emprender sus ocupaciones políticas y bélicas.
 
Ese hiperactivismo, descrito por muchos de quienes lo conocieron, unido a sus constantes viajes, obviamente le impidió permanecer por largo tiempo en reposo, y menos en una pose para ser retratado. 
 
El pintor colombiano José María Espinoza cuenta en sus memorias que cuando iba a hacerle una miniatura sobre marfil “se colocó frente a mí, con los brazos cruzados. Apenas comenzaba yo el diseño cuando me dijo ¿ya está? Le contesté que faltaba mucho; entonces estiró los brazos diciéndome: Puede usted venir cuantas veces quiera, a las 11 antes que se reúna el Consejo”.
 
Entonces ¿Cómo es que el pintor peruano José Gil de Castro y Morales lo hizo en óleo y tamaño natural con tal acierto que él mismo Bolívar reconoció su mayor exactitud y semejanza?
 
Es que “el mulato” Gil de Castro, autodidacta, no poseía las herramientas de los grandes maestros de la plástica, pero sabía captar los detalles importantes e imprimir carácter a sus obras, cosa que fue el dolor de cabeza de muchos otros retratistas de la época y preocupación del propio Libertador.
 
Pudo lograr un retrato del más grande hombre de América -quien no podía estarse tranquilo e inmóvil- porque dedicó todo el tiempo que estuvo frente a él a desarrollar su rostro, y en su ausencia utilizó otro modelo para el resto de su anatomía, además de disponer en sus talleres, como acostumbraban los artistas de la época, de lienzos con cuerpos ya esbozados.

Duelos en medio de la Guerra


Duelos en medio de la Guerra
Por
Luis Heraclio Medina Canelón
El duelo o “ juicio de Dios” es un combate entre dos hombres, previo a un desafío, para dejar saldada una cuestión de honor. Existe desde tiempos inmemoriales y parece tener su origen en la antigua cultura germánica, de donde habría pasado a Roma, de allí a España. Para la cultura moderna venezolana el duelo nos resulta algo ajeno o extraño, quizás muchos piensen que los duelos con cosas de  la antigua Europa, que jamás se vieron por estas tierras, pero no es así. Son varios los duelos registrados en nuestra historia, y quizás muchos quedaron ocultos por la discreción de sus participantes.
En los tiempos de la guerra de independencia (como en cualquier guerra) el valor personal del guerrero era un factor importantísimo para infundir en los subalternos respeto y estimular la propia valentía del soldado. Esto aunado al hecho de que el soldado en guerra convive diariamente con la muerte fue caldo propicio para que se produjeran varias contiendas de este tipo, que han sido reseñadas por la crónica.
El primero de los duelos de que tenemos conocimiento durante la guerra ocurrió el 20 de enero de 1814 cuando se produce un combate entre las fuerzas republicanas bajo el mando del coronel Antonio Alcóver y las guerrillas realistas bajo la conducción del capitán J. Ramos. Al rato de iniciado el combate el capitán Ramos solicita parlamentar y reta a medirse en duelo al sargento patriota Reyes González, contra quien quizás tendría alguna rencilla personal. Se produce el duelo y Ramos resulta muerto.  Seguidamente se reanuda la batalla en la que las tropas del difunto resultan derrotadas. 
Otro episodio de duelo, pero esta vez no se concretó, lo relata en su autobiografía José Antonio Páez. Asi narra “El Catire”:
“A vista del enemigo, hice alto para observarlo mejor. Como a seiscientas varas del ejército, estaba formada la descubierta enemiga compuesta de 30 hombres. El oficial que la mandaba y yo, principiamos desaforadamente a decirnos baladronadas, desafiándole yo a un combate singular, eso con tal ardor, que sin advertirlo me fui acercando más de lo que convenía a mi seguridad personal…”

Pero en ese caso el duelo no se produjo, sino que se desencadenó un enfrentamiento total.
Una de las que tuvo más repercusión, ocurrió el 6 de diciembre de 1820 por la circunstancia de la jerarquía de los duelistas. Fue duelo entre dos oficiales británicos del contingente de voluntarios que vino a incorporarse a las tropas republicanas: el coronel Blosset, comandante de los voluntarios británicos retó a duelo a otro legionario: el mayor  William Middleton Power. Parece que Blosset era amigo de los duelos, ya había participado anteriormente en varios. En el transcurso de una cena, Blosset le trata de servir a Power un vaso de licor, pero el otro se rehúsa ya que no quiere beber más.  Esto causa indignación a Power, ya que lo considera un desprecio y lo reta a duelo para lavar la afrenta. Pero esta vez su veteranía no le ayudó: en el campo del honor Power le pegó un tiro a Blosset, quien  resultó muerto.  Esta justa se llevó a cabo con todas las formalidades europeas, hubo hasta padrinos, uno de ellos fue el mayor John Ferriar, pero tal hecho causó gran disgusto en las autoridades venezolanas. Páez, el jefe inmediato, envió arrestados al sobreviviente del duelo a a los dos padrinos para que Bolívar tomara las medidas disciplinarias que considerara convenientes.  El Libertador, molesto con el acto de indisciplina disolvió a la Legión Británica y colocó a buena parte de sus oficiales en otras unidades y al resto lo ubicó en un nuevo batallón llamado ahora “Cazadores Británicos”. Fue benévolo con los participantes en el duelo, ya que en junio del año siguiente estaban con sus jerarquías luchando en Carabobo. 

Pese a ser un acto ilegal, todavía en el siglo XX se produjeron duelos, y entre los venezolanos fue famoso el célebre escritor Rufino Blanco Fombona por haber participado en varios, incluso dio muerte e varios contrincantes.
Fuentes:
Alcántara Borges, Armando.  “Carabobo – Sendero de Libertad” Ediciones del Gobierno de Carabobo. Colección Historia. Valencia 1992
Lambert, Eric. “Los Hermanos Ferriar – Fidelis ad Urnam” Diario El Carabobeño, 24 de junio de 1971
Páez, José Antonio. “Autobiografía”


martes, 15 de octubre de 2024

Las Convulsiones el Centauro


Preguntar por su lanza y su caballo, que formaban con él una unidad inseparable, era comúnmente la exclamación del general José Antonio Páez al recuperar el sentido luego de las convulsiones, provocadas unas veces por la excitación nerviosa al tener enemigos al frente y otras ante la visión, pensamiento o mención de una culebra.
El origen de ese mal crónico, que le provocaba algo similar a un ataque de epilepsia, parece reflejarse en lo escrito en su autobiografía, cuando su adolescencia cambió radicalmente luego de matar a un salteador de caminos e internarse hacia las riveras de río Apure.
Páez, en tercera persona, confiesa lo que sentía en su rudo inicio como peón en las faenas llaneras: “Zumba el viento en sus oídos cual si penetrase con toda su fuerza en las concavidades de una profunda caverna; apenas se atreve el cuitado (desventurado) a respirar; y si conserva abiertos los espantados ojos, es solamente para ver si puede hallar auxilio en alguna parte, o convencerse de que el peligro no es tan grande como pudiera representárselo la imaginación sin el testimonio del sentido de la vista”.
Describe cómo el tener que domar a pelo caballos salvajes, echarse a un río cuando no sabía nadar, velar por las noches que las madrinas de caballos no huyeran, en fin, ser obligado a todo lo más difícil y peligroso que hubiese que hacer en el hato La Calzada, fue una durísima prueba o castigo para quien "no había nacido destinado a sostenerla".
No es de extrañar entonces que haya sufrido en ese tiempo ataques de serpientes o algún otro animal, cosa común en el oficio pero que, por razones obvias, no escribió.
Aflorarían esos traumáticos recuerdos en momentos previos a un lance en que su vida corría peligro? Solo él llegó a saberlo.
La historia registra su padecimiento desde el combate de Chire (Casanare) el 31 de octubre 1815 cuando uno de sus ayudantes regresó de la retaguardia exhibiendo una culebra enrollada en el asta de su lanza, alardeando que era el primer enemigo aprisionado, hasta sus tiempos en Nueva York, donde lo acompañó su fobia hacia los ofidios.
El Yagual, Ortiz, y Trapiche de Gamarra fueron igualmente combates donde se vio al guerrero sufrir esos ataques, algunas veces antes de comenzar, otras en medio o al final, siendo tan conocidos estos episodios por sus hombres cercanos que, según la circunstancia, esperaban a que se repusiera o buscaban agua donde la hubiere para echársela en el rostro.
Su más proverbial convulsión fue en la Batalla de Carabobo. Después de someter con trescientos jinetes al batallón Barbastro y comenzar el acoso al resistente Valencey, le sobrevino un ataque, quedando inconsciente “en el ardor de la carga entre un tropel de enemigos”. 
 

 
Allí, su vida fue inusitadamente salvada por un jefe realista de la caballería de Francisco Tomas Morales, el teniente coronel Antonio Martínez (venezolano) junto al oficial subalterno republicano Alejandro Salazar “Guadalupe”, quien sostuvo a Páez montado en las ancas de su caballo mientras Martínez lo llevaba de las riendas apartándolo hasta el lugar donde se recuperó.
Un sitio de la sabana donde poco después Simón Bolívar llegó a felicitarlo y ofrecerle el empleo de General en Jefe del Ejército como artífice de aquella victoria.
Finalmente, el único Jefe de División que sobrevivió a la batalla fue José Antonio Páez.
 
Ulises Dalmau 

Fuentes: Autobiografía del general José Antonio Páez; Leyendas Históricas de Venezuela, Arístides Rojas; Antonio Martínez, el realista que salvó a Páez, Luis Heraclio Medina Canelon ; conversaciones con Antonio Jose Vitulano Mendez.
 

 

miércoles, 5 de mayo de 2021

Bolívar, Coll y Prat y la profanación al templo de San Francisco en Valencia

Es innegable el liderazgo y la credibilidad de los curas párrocos en cada pueblo, así como la importancia para el Libertador de mantener ese factor bajo control político durante la Guerra de Independencia de un país casi absolutamente católico.

Narciso Coll y Prat, Arzobispo de Caracas entre 1807 y 1822, fue un personaje sumamente influyente cuyas acciones, con una mano tendían a favorecer la defensa de la religión y del rey de España, y con otra a mantener una buena relación con el gobierno republicano.




Prat manifestaba en 1812 que la “Divina Providencia había restituido estas Provincias a su legítimo Soberano, su amado Rey el Señor D. Fernando Séptimo” restableciendo en ella su "benéfico Gobierno", confesando un año después que para ello “los curas desempeñaron eficazmente estos encargos, y que había corregido con oportunidad a alguno u otro que se hizo sospechoso.”

Sin embargo, no pocas comunicaciones cruzó Bolívar con el arzobispo en la necesidad de mantener a todos los párrocos, predicadores y confesores de la arquidiócesis al lado de la emancipación americana, hacer postulaciones para provisión de curatos y cargos eclesiásticos, quejarse o enaltecer la conducta de sacerdotes, etc. así como el arzobispo intercedía para evitar el paso por las armas de prisioneros realistas, solicitaba la impresión de edictos y pastorales, entre otras concesiones.

Uno de los más fuertes reclamos a Coll y Prat lo hace Bolívar el 9 de abril de 1814 cuando le expresa que, a pesar de haber acusado a su movimiento independentista de sedicioso y compuesto por hombres perversos, la Guerra a Muerte había conservado siempre “ilesa, intacta, y en su fuerza y vigor, la religión Santa de Jesucristo, sin osar ni levemente contra la casa de Dios, contra sus ministros, contra sus Vírgenes, ni contra cosa alguna que pareciese profanación.”



Esto lo hacía Bolívar como pie para su reclamo por el sacrilegio cometido en el templo de San Francisco en Valencia, durante la reciente ocupación por tropas realistas de la ciudad, cuando esa iglesia:

“… sirvió de caballeriza, y sus Altares de pesebres, se encontraron mujeres asesinadas y con indicios de haberse usado allí mismo de ellas. Las Imágenes de San José, San Francisco, Santa Rita, y Carmen, fueron despojadas de sus sortijas, y demás adornos de oro y plata; los Cálices, Patenas, Incensarios, Copón, y otros vasos, robados. Y últimamente extraída del sagrario la Custodia que depositaba la Hostia consagrada, la cual, según unos fue despedazada, y otra tirada en el Altar. Esta misma custodia, parte de los vasos, y otras prendas y ornamentos, se encontraron en las tabernas o guaraperías”.

No sin algo de sarcasmo, Bolívar le dice que estos últimos objetos de culto fueron recuperados por aquellos a quién el arzobispo había acusado de “irreligiosos”, quienes “tuvieron la virtud de presentarlas a V.S. Ilma. en cuyo poder se hallan.”

Lo descrito por Bolívar es solo parte de los desmanes cometidos entre los días 1 y 2 de abril en Valencia por las fuerzas comandadas por el brigadier  José Ceballos durante el primer asedio realista a la ciudad de Valencia.

Ulises Dalmau

lunes, 14 de diciembre de 2020

Sobre su propio tiempo



Está cansado de impartir órdenes al vacío y delegarle encomiendas a las paredes, pero todos allá adentro permanecen en vigilia, esperando lo inevitable. Parece que nadie escucha, nadie siente... nadie ve.
Sale de ese claustro que lo ahoga, que lo limita; atraviesa el salón de aquella estancia y se sienta afuera, al borde del piso, a escuchar el ir y venir de pasos lentos y cuidadosos, de rumores y llantos atrapados en el sopor del mediodía. Presiente que en otro plano están ahora reunidos para decidir su nuevo destino.
Mientras apoya su frente en el antebrazo y trata inútilmente de reflejarse en su mirada profunda y expresiva, esa que jamás pintor alguno logró descifrar; busca a sus pies la sombra inexistente de aquel cuerpo infatigablemente nervioso, que más allá de la puerta, lucha contra la inercia; y trata de gritar con esa voz, en otros tiempos aguda y dominante. Hace unas horas, a duras penas,ha dictado sus últimas frases olorosas a gloria; pero más fuerte que sus ganas, hay una rara sensación que percibe y no logra entender.
El sigue allí y una brisa fresca se cuela entre el vapor salitroso y sofocante, para deslizarle un escalofrío desde la espalda hasta la nuca.
Se sobresalta, regresa presuroso al aposento y confirma que aún se mueven las agujas, esas mismas que pronto marcarán el final de su tiempo.
Se observa, obnubilado e inmóvil, ya casi no respira; postrado entre unas sábanas que casi son mortaja. A su lado, la pequeña mesa de noche, donde está aquel pergamino a medio escribir que se negará hasta el final, hasta el último segundo, a continuar recibiendo trazos. Sabe que todo lo demás ha sido escrito.
Al salir del cuarto, intenta secar en su rostro unas lágrimas rezagadas y sudor que ya no existen y enfoca por unos segundos su mirada al horizonte.
Es extraño, pero hubiera jurado que le llamaban desde allá, a lo lejos. Allá donde una gaviota casi se detiene en el aire, flotando sobre cálidas corrientes; allá, donde el sol es inclemente y la bruma todo lo marchita; allá donde no hay mucho que ver, y es mejor mantener los ojos bien cerrados, escuchando al viento.
Le parece sentir de nuevo el seco y entrecortado roce de hierro sobre hierro de la vieja bisagra, un grito ahogado y pasos... ¿serán pasos? si, pero ya no los escucha, los siente. Allí vienen, avanzando entre los vapores de un extraño sueño, esta vez apresurados, más bien cortos; uno, dos, se van haciendo más cercanos, tres, otro más; lo atraviesan y ahora se alejan… se alejan.
Adentro se ha detenido el reloj y la pluma completa su trabajo sobre el pergamino; ha perdido la batalla más difícil de todas, sin estrategias, sin armas, sin ejército, pero aún le queda una opción y la tomará.
Por eso, antes que ver llegar los carruajes para su funeral, antes de saber que se encienden mil antorchas y doblan las campanas en su nombre, el General prefiere tomarse un instante infinito para cerrar los ojos y escuchar al viento.
Allá va Simón, echándose a volar sobre los platanales de Santa Marta, hasta fundirse con el sol y con la bruma; hasta aprender a planear en equilibrio, como aquella gaviota, sobre su propio tiempo.

jueves, 5 de noviembre de 2020

Vadeando el manglar




El cuartel superior del escudo de armas del estado Carabobo (decretado el 1° de mayo de 1905) es una representación alegórica a lo que muchos interpretan como "la toma del Castillo de San Felipe" en Puerto Cabello. 
La acción, que desarticuló en 1823 el último refugio del Ejército Expedicionario de Costa Firme en Venezuela y por tanto marcó el final de la Guerra de Independencia, realmente no fue emprendida cruzando el mar a caballo portando banderas, ni de día.

El general José Antonio Páez en su autobiografía cuenta que, estudiando cómo vencer las murallas de la plaza fuerte* con la menor pérdida posible, descubrió unas misteriosas huellas que aparecían cada madrugada en la playa, y tras una vigilia lograron dar con el hombre que, increíblemente, atravesaba por las noches la ensenada por la parte este, entre la costa y el fuerte.

Era un negro borburateño llamado Julián Ibarra, nacido esclavo en una hacienda de cacao. Su dueño, don Juan Jacinto Iztueta, 11 años atrás había sido uno de presos del castillo que encabezaron la sublevación para poner en manos realistas uno de los mas importantes arsenales  del país, infringiendo así un humillante revés (29 de junio al 6 de julio de 1812) a su gobernador, el para entonces coronel Simón Bolívar.

Esta vez, Iztueta prestaría su apoyo para que la plaza volviese a manos republicanas, por lo que Julián no tardó en ser persuadido de mostrar a tres oficiales patriotas que fijaron la ruta, dónde estaban esos puntos vadeables entre los manglares, solo conocidos por él.

Páez echó a andar la estrategia del asalto con una de sus acostumbradas maniobras de distracción: mandó a abrir zanjas para desviar el río y ordenó romper el fuego desde las 5 de la mañana para agotar al enemigo, enmascarando lo que pretendía hacer.

Serían las 10 de la noche del 7 de noviembre, cuando 500 hombres -entre ellos 100 lanceros- descalzos y desnudos, solo con fusiles y lanzas, emprendieron la riesgosa misión de atravesar el mar.

Aunque el trayecto había sido calculado en una hora, a los comandados por Manuel Cala y José Andrés Elorza les tomó cuatro por la cantidad de soldados. 

Su preocupación esa vez no eran los voraces caribes, pisar una raya, toparse con un temblador o un caimán como cuando la infantería atravesaba un río llanero. Era avanzar sigilosamente entre el oscuro y cenagoso laberinto del manglar para no ser descubiertos, sobre un fondo de lodo, rodeados por el movimiento de peces que agitaba el agua a la altura de sus pechos. 



A las 2:30 de la madrugada todos habían pisado tierra seca y cada partida de asalto estaba apostada en los lugares indicados. Una señal y lo demás fue rutina para aquellos guerreros imbatibles a quienes los valencianos habían repuesto a tiempo sus agotadas reservas de alimentos. 

Como expresa el centauro portugueseño: “Los habitantes de esta ciudad, entonces como siempre tan generosos con la patria y conmigo, me dieron no solo las provisiones necesarias, sino todo cuanto pudiera servir para regalo de las tropas durante las fatigas del sitio.”

El cronista Asdrúbal González en su libro Sitios y Toma de Puerto Cabello señala que, días después, don Juan Jacinto Iztueta fue designado alcalde del Ayuntamiento de Puerto Cabello.

En cuanto al destino de Julián Ibarra, es descrito en “El negro que le dio la espalda a la gloria” del cronista porteño Miguel Elías Dao.

Julián dejó de ser esclavo. Recibió el grado de capitán del ejército, un caballo con aperos, 500 pesos y una casa en la calle de Colombia del Puerto, pero fue condenado a muerte en 1826 por el asesinato del comerciante Federico Pantoja y cinco de sus acompañantes, cometido para robarles el pago de un cargamento de cacao.
 
*Corrección del historiador Jose Sabatino

miércoles, 14 de octubre de 2020

El "Batallòn Valencia", nuestro batallòn olvidado.

 


Por

Luis Heraclio Medina Canelón

En la historia hay personajes, lugares o entidades que al recibir en un momento dado el favoritismo de algún personaje influyente copan la atención de la masa del público en desmedro de muchos otros que han tenido igual o hasta mayor importancia.  Así vemos que los mismos nombres se repiten en todas crónicas, y en las calles de ciudades, pueblos y barrios, instituciones o escuelas y que otros que merecen reconocimiento permanecen casi olvidados. Hay ocasiones en que algunos de poca relevancia real son elevados por razones hasta políticas, de acuerdo a los intereses del mandón de turno. Esta situación es especialmente notoria en la crónica de la independencia, que políticos y demagogos han manejado a su conveniencia. Permanecen casi olvidados algunos que tenemos que rescatar de la amnesia colectiva.

De las unidades militares que lucharon en aquella larga guerra fratricida que fue la independencia el común de la gente si acaso recuerda al “Bravos de Apure” o a la mal llamada “Legión Británica”, pero sucede que en casi todos los lugares se crearon destacamentos militares con la propia gente de ese sitio, con los vecinos de cada pueblo y de cada ciudad. Debemos recordar a nuestros fundadores o antepasados que salieron de cada terruño abandonando todo para irse a la guerra. De la ciudad del Cabriales salió el “Batallón Valencia”, una de las puntas de lanza del ejèrcito republicano durante la segunda repùblica. 

El batallón Valencia fue creado en el año de 1813, aunque no se tiene la fecha exacta, su nacimiento es mencionado  en la Gaceta de Caracas Nro. XXXVI de fecha 27 de Enero de 1814, donde se transcribe el informe del Secretario del Estado, Tomás Montilla, donde señala:

“He presentado los grandes acontecimientos del año 1813…Seis batallones fueron creados con los nombres de Caracas, Guayra, Barlovento, Victoria, Valencia, y el Valeroso de Cazadores…”


 BAUTISMO DE FUEGO:

BATALLA DE BARBULA 30 de SEPTIEMBRE DE 1813

El creador y primer comandante del Batallón Valencia fue un porteño, el comandante José Miguel Valdés de Yarza y Salazar, conocido sencillamente como el “Coronel Miguel Valdéz. Fue él quien organizó el batallón, con blancos de la ciudad. Es de recordar, que aquella guerra, sobre todo en tiempos de la guerra a muerte era prácticamente una guerra social y no un conflicto internacional. Una de las puntas de lanza del ejército monárquico del español Domingo Monteverde era el “Batallón de Pardos de Valencia”; por contraparte José Miguel Valdés organizó con los blancos de la ciudad un batallón para defender la causa republicana: el “Batallón de Blancos de Valencia” que se bañaría de gloria en los terribles combates de los tiempos de la guerra a muerte.


Las primeras operaciones del batallón recién creado en Valencia, fueron en el sitio de Puerto Cabello, donde se encontraba atrincherado Monteverde, pero este sitio tuvo que ser levantado en septiembre, cuando los realistas recibieron un fuerte contingente de soldados monárquicos recién llegados de España, al mando del coronel Salomón.

Reforzadas sus tropas Monteverde trata de ir sobre Valencia. En la vanguardia envía al regimiento recién llegado, el “Granada” y al batallón de “Pardos de Valencia”, que eran leales al rey. En las montañas de Bárbula es interceptado por las tropas republicanas, Es en esa oportunidad cuando el Batallón Valencia, junto a otras fuerzas va a tener propiamente su “bautismo de fuego”. La victoria luego de cinco horas de encarnizada lucha, es para los patriotas, quienes tienen que lamentar la muerte del valiente neogranadino Atanasio Girardot. Entre los heridos del Batallón Valencia está el entonces capitán Miguel Borras, quien tendrá una larga carrera militar llegando a general. Esta fue la primera vez en la guerra en que las tropas republicanas se enfrentaban a verdaderos veteranos españoles, a los vencedores de Napoleón, con el honor de haberlos derrotado a las puertas de Naguanagua.

BATALLA DE LAS TRINCHERAS 3 DE OCTUBRE DE 1813

Los restos de las tropas realistas de Monteverde se encontraban todavía en las montañas, en los alrededores del pueblo de Trincheras. Bolívar ordena volver a atacar. Esta vez las tropas republicanas (entre ellas el “Valencia”) son comandadas por el neogranadino D” Eluyar, y vuelven a desbaratar a las unidades de los monárquicos. Su propio comandante, el general Domingo Monteverde recibe un grave balazo que le entra por la boca y le vuela media quijada. Los realistas tocan retirada y huyen a Puerto Cabello. A Monteverde tienen que llevarlo en una parihuela entre cuatro solados. Aquí se dio un caso poco común en las guerras: Se enfrentaron dos batallones contrarios con el mismo nombre: “Valencia”; el de los pardos a favor del rey y el de los blancos por la causa patriota.


COMBATE DE VIGIRIMA 23 a 25 DE NOVIEMBRE DE 1813

Desde Puerto Cabello salieron nuevamente las tropas realistas (compuestas por lo que quedaba del batallón Granada, y los pardos), ahora bajo las ordenes del coronel Salomón, para tratar de tomar la ciudad de Valencia, tomando por el camino de Patanemo para ir a caer a Vigirima. Allí bajo el mando directo de Bolívar, el Batallón Valencia, comandado por el coronel Manuel Gogorza, junto los neogranadinos y otras unidades llegadas desde Caracas combaten por tres días, en lo que fue el combate más largo de toda la guerra de independencia (es de recordar, que por ejemplo, la batalla de Carabobo duró apenas unas horas), hasta que finalmente las fuerzas realistas, sin lograr su objetivo, optaron por retirarse a Puerto Cabello.

El Boletín del Ejército Libertador de Venezuela. N° 24 FECHADO EN EL CUARTEL GENERAL DE VIGIRIMA, EL 26 DE NOVIEMBRE DE 1813 expresa:

“Las tropas de La Guaira, Valencia y Caracas, se han hecho dignas de combatir al lado de las granadinas, que han sostenido su antigua reputación. Salieron heridos de la acción el Mayor del Batallón de Valencia ciudadano Miguel Valdés y los ciudadanos Capitán Reyes González que fue premiado el día veintitrés, el Teniente Cirilo Rodríguez, y los Subtenientes Sebastián Ángulo, y Félix Retortillos “

Otro oficial patriota del “Valencia” herido fue es el español (sevillano) Manuel Villapol, quien cayó por un barranco al ser fulminado su caballo por un balazo en la frente. Bolívar en su discurso ante la Asamblea de San Francisco (2.1.1814): dijo de este español que luchaba por la independencia

«…El bizarro Coronel Villapol que desriscado en Vigirima, contuso y desfallecido, no perdió nada de su valor que tanto contribuyó a la victoria de Araure…»


BATALLA DE ARAURE 5 de DICIEMBRE DE 1813

Y fue precisamente en Araure, el 5 de diciembre des 1813 donde el batallón de nuestra ciudad tiene una de sus acciones estelares, comandado en esta ocasión por el nombrado coronel español y patriota Villapol.

El Boletín del Ejército Libertador Nro. 25, de ese mismo día expresa:

Los Batallones de Caracas, Barlovento, La Guaira y Valencia se han distinguido heroicamente, habiendo combatido con tal denuedo y pericia, que bien pueden ser comparados con las más aguerridas tropas europeas”

Luego de Araure el Batallón participó en la toma de Barquisimeto.

BATALLA DE OSPINO  2 DE FEBRERO DE 1814

El 2 de febrero de 1814 el Batallón Valencia comandado por el trujillano Manuel Gogorza por ordenes de Urdaneta se traslada hasta Ospino donde vence a las fuerzas realistas del temible José Yáñez (conocido como “Aña” por sus llaneros criollos) quien muere en pleno combate. Yáñez era quien antes había ejecutado al terrible comandante patriota Antonio Nicolás Briceño, primer promotor de la guerra a muerte. Luego de la acción de Ospino, Urdaneta ordena al “Valencia” trasladarse a San Carlos para auxiliar al cuartel de El Libertador, que estaba asechado por Bóves. De allí se trasladan a Valencia, donde llegan luego de que la ciudad sobrevivió al terrible primer sitio.

COMBATES DE SAN MATEO (27 DE FEBRERO A 30 DE MARZO 1814)

Entre febrero y marzo de ese año, interviene nuestro batallón en la defensa de San Mateo, asediado por Bóves, donde, al lado de Ricaurte, caen varios de sus efectivos, en ese sentido la “Gaceta de Caracas” contiene la “Necrología del Secretario de Guerra” donde señala:

“El teniente ciudadano Rodríguez, natural de Valencia y del batallón de esa ciudad, fue herido en la acción parcial del 8 de marzo atacando posiciones del enemigo en las alturas, al medio día, de San Mateo….”

Rafael (o Juan Rafael) Quintero también murió, siendo Ayudante del Batallón de Valencia, en la acción de San Mateo, el 28 de febrero de 1814 

El bizarro coronel sevillano Manuel Villapol, el vencedor de Araure, también moriría en San Mateo. Un artículo de Antonio Muñoz Tébar, publicado en la “Gaceta de Caracas” del 28 de marzo de 1814, dice:

«El benemérito Coronel Manuel Villapol, de la Orden de los Libertadores, muerto de una bala de fusil que atravesó su corazón en las alturas del Calvario de San Mateo, casi al terminar la sangrientísima batalla del 28 de febrero. Como el gran Girardot hizo llorar un triunfo conseguido a costa de su sangre».

Mas tarde, el mayor Leandro Palacio aparece comandándolo en fecha 31 de marzo de 1814 (Gaceta de Caracas Nro. 57 del 11 de abril de 1814) en el combate de Villa de Cura, donde encabezaron el ala derecha de las tropas patriotas, enfrentando a las fuerzas de José Tomás Bóves. Esa misma gaceta menciona al subteniente de la tercera compañía del batallón de nombre José Prieto, como uno de los heridos, al igual que un teniente Miranda, de los cazadores de ese batallón. (Por su parte el Boletín del Ejército Libertador Nro. 9 del 5 de Abril informa de la acción del coronel Leandro Palacio, y que resultaron heridos en el batallón Valencia “el subteniente José Prieto y el “teniente Miranda de Cazadores de Valencia”)

COMBATE DE GUATAPARO

Al poco tiempo, el 17 de mayo, el batallón nuevamente bajo las ordenes del coronel Manuel Valdés participa en el combate de Guataparo donde se enfrentan las tropas de Juan Manuel Cajigal. 

BATALLA DE CARABOBO (PRIMERA)

Nuestro batallón tiene una participación decisiva en la primera batalla de Carabobo el 28 de mayo de 1814, bajo las ordenes del comandante Manuel Valdés, donde se enfrentan y derrotan a los temibles llameros de Apure que peleaban defendiendo las banderas del rey.

 En junio de ese mismo año varios elementos del Batallón Valencia, sucumben en la ciudad de Valencia, luego de quedar sin bastimentos ni municiones. Allí Bóves asesina a muchos oficiales y civiles, entre ellos el coronel Manuel Gogorza.

Pero en La Puerta se pierde casi todo el batallón, así como casi todo el ejército patriota. El comandante Valdés se salva y huye junto a otros comandantes hacia Caracas. Ya casi destruida la segunda república luego de la pérdida de Valencia, y la derrotas de La Puerta, Arao y otros combates, ante el incontrolable avance de Bóves que estaba destruyendo casi todo el ejército republicano, los restos del “Valencia” acompañan al general Urdaneta en la emigración a Nueva Granada, mientras que Bolívar emigra a Oriente, con lo poco que le quedaba.



 En la Nueva Granada, los restos de los batallones que llevaba Urdaneta (Valencia, Barlovento y La Guaira) debieron haberse fundido en una sola unidad o agregados a otra existente. Allí se le pierde la pista a este primer “Valencia”

Pero más tarde, aparece el nombre de nuestra ciudad en batallones republicanos: Así en 1816 según vemos en el Archivo del Libertador con fecha 15 de marzo se ascendió al capitán Miguel Borras  (El más tarde General Miguel Borras (Valencia, ?-Coro, 1853) a Teniente Coronel vivo y efectivo, Comandante del Batallón Valencia.

También en 1816 Juan de Dios Morales era Sargento Mayor (o sea, segundo jefe) del Batallón Valencia. Cayó prisionero, en abril de 1818, en el Rincón de los Toros, y fue fusilado posteriormente por los realistas.

En pròxima oportunidad nos detendremos en la vida de los militares que comandaron el "Batallòn Valencia"

FUENTES

Alcantara Borges, Armando. "Carabobo Sendero de Libertad" Secretarìa de Cultura del Gobierno de Carabobo. Valencia 1992

Colomine, Luis Alfredo. "Venezuela y Sus Proceres". Caracas. 1974

H. Nectario M. "Historia Elemental de Venezuela" Editorial Venezuela. Caracas. 1943

Urdaneta, Rafael. "Memorias" . Imprenta y Litografia del Gobierno Nacional. Caracas. 1888

http://www.archivodellibertador.gob.ve