Un homenaje a los 200 años de la Batalla de Carabobo, a través de hechos, curiosidades, personajes y monumentos conmemorativos relacionados con el proceso independentista venezolano.
lunes, 14 de diciembre de 2020
Sobre su propio tiempo
Está cansado de impartir órdenes al vacío y delegarle encomiendas a las paredes, pero todos allá adentro permanecen en vigilia, esperando lo inevitable. Parece que nadie escucha, nadie siente... nadie ve.
Sale de ese claustro que lo ahoga, que lo limita; atraviesa el salón de aquella estancia y se sienta afuera, al borde del piso, a escuchar el ir y venir de pasos lentos y cuidadosos, de rumores y llantos atrapados en el sopor del mediodía. Presiente que en otro plano están ahora reunidos para decidir su nuevo destino.
Mientras apoya su frente en el antebrazo y trata inútilmente de reflejarse en su mirada profunda y expresiva, esa que jamás pintor alguno logró descifrar; busca a sus pies la sombra inexistente de aquel cuerpo infatigablemente nervioso, que más allá de la puerta, lucha contra la inercia; y trata de gritar con esa voz, en otros tiempos aguda y dominante. Hace unas horas, a duras penas,ha dictado sus últimas frases olorosas a gloria; pero más fuerte que sus ganas, hay una rara sensación que percibe y no logra entender.
El sigue allí y una brisa fresca se cuela entre el vapor salitroso y sofocante, para deslizarle un escalofrío desde la espalda hasta la nuca.
Se sobresalta, regresa presuroso al aposento y confirma que aún se mueven las agujas, esas mismas que pronto marcarán el final de su tiempo.
Se observa, obnubilado e inmóvil, ya casi no respira; postrado entre unas sábanas que casi son mortaja. A su lado, la pequeña mesa de noche, donde está aquel pergamino a medio escribir que se negará hasta el final, hasta el último segundo, a continuar recibiendo trazos. Sabe que todo lo demás ha sido escrito.
Al salir del cuarto, intenta secar en su rostro unas lágrimas rezagadas y sudor que ya no existen y enfoca por unos segundos su mirada al horizonte.
Es extraño, pero hubiera jurado que le llamaban desde allá, a lo lejos. Allá donde una gaviota casi se detiene en el aire, flotando sobre cálidas corrientes; allá, donde el sol es inclemente y la bruma todo lo marchita; allá donde no hay mucho que ver, y es mejor mantener los ojos bien cerrados, escuchando al viento.
Le parece sentir de nuevo el seco y entrecortado roce de hierro sobre hierro de la vieja bisagra, un grito ahogado y pasos... ¿serán pasos? si, pero ya no los escucha, los siente. Allí vienen, avanzando entre los vapores de un extraño sueño, esta vez apresurados, más bien cortos; uno, dos, se van haciendo más cercanos, tres, otro más; lo atraviesan y ahora se alejan… se alejan.
Adentro se ha detenido el reloj y la pluma completa su trabajo sobre el pergamino; ha perdido la batalla más difícil de todas, sin estrategias, sin armas, sin ejército, pero aún le queda una opción y la tomará.
Por eso, antes que ver llegar los carruajes para su funeral, antes de saber que se encienden mil antorchas y doblan las campanas en su nombre, el General prefiere tomarse un instante infinito para cerrar los ojos y escuchar al viento.
Allá va Simón, echándose a volar sobre los platanales de Santa Marta, hasta fundirse con el sol y con la bruma; hasta aprender a planear en equilibrio, como aquella gaviota, sobre su propio tiempo.
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