Cuentan que Bolívar era sumamente inquieto. Pocas veces tenía tiempo para escribir de puño y letra; algo que generalmente hacían sus secretarios, hasta varios a la vez por su notable capacidad de desarrollar distintos temas que luego firmaba.
Si se hubiera sentado a hacerlo, con tan vasta producción de cartas, manifiestos, decretos y proclamas, no hubiera tenido tiempo para emprender sus ocupaciones políticas y bélicas.
Ese hiperactivismo, descrito por muchos de quienes lo conocieron, unido a sus constantes viajes, obviamente le impidió permanecer por largo tiempo en reposo, y menos en una pose para ser retratado.
El pintor colombiano José María Espinoza cuenta en sus memorias que cuando iba a hacerle una miniatura sobre marfil “se colocó frente a mí, con los brazos cruzados. Apenas comenzaba yo el diseño cuando me dijo ¿ya está? Le contesté que faltaba mucho; entonces estiró los brazos diciéndome: Puede usted venir cuantas veces quiera, a las 11 antes que se reúna el Consejo”.
Entonces ¿Cómo es que el pintor peruano José Gil de Castro y Morales lo hizo en óleo y tamaño natural con tal acierto que él mismo Bolívar reconoció su mayor exactitud y semejanza?
Es que “el mulato” Gil de Castro, autodidacta, no poseía las herramientas de los grandes maestros de la plástica, pero sabía captar los detalles importantes e imprimir carácter a sus obras, cosa que fue el dolor de cabeza de muchos otros retratistas de la época y preocupación del propio Libertador.
Pudo lograr un retrato del más grande hombre de América -quien no podía estarse tranquilo e inmóvil- porque dedicó todo el tiempo que estuvo frente a él a desarrollar su rostro, y en su ausencia utilizó otro modelo para el resto de su anatomía, además de disponer en sus talleres, como acostumbraban los artistas de la época, de lienzos con cuerpos ya esbozados.
